Jueves 21 de Septiembre del 2017

La “bomba madre…”

Polo Márquez

Polo Márquez

A casi tres meses de haber asumido la presidencia de los Estados Unidos, el republicano Donald Trump ya empezó a mostrar sus garras a nivel internacional. Y lo hizo primero con el bombardeo a una base de la Fuerza Aérea siria bajo el pretexto de que el gobierno de Bashar al Assad atacó con armas químicas objetivos civiles de su propio país.

Llama la atención la repentina preocupación de la administración Trump hacia los derechos humanos, esta vez supuestamente violados por el gobierno sirio de Al Assad. No es la primera vez que un gobierno estadounidense invoca este tipo de argumento para iniciar una invasión. Así lo hizo la administración de George W. Bush cuando invadió Irak, destituyó a Saddam Hussein y finalmente lo hizo ejecutar. En esa oportunidad la excusa fue la posesión de armas de destrucción masiva y el ataque a civiles kurdos asentados en el norte de ese país del Medio Oriente.

Pero lo de Trump en Siria parece no ser un hecho aislado, ya que hace dos días bombardeó enclaves del autodenominado “Estado Islámico” en el noreste de Afganistán. Y para ello utilizó lo que ellos mismos denominan la “madre de todas las bombas”, arrojada desde un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea estadounidense.

Se trata de la bomba GBU-43, conocida como MOAB (Massive Ordenance Airblast Bomb; en español: Bomba de Impacto Masivo Aéreo), “capaz de matar a todas las personas en un radio de cientos de metros y causar problemas respiratorios en un área mucho mayor”.

Según informó el Pentágono, es la bomba no nuclear más grande jamás fabricada, que pesa 10 toneladas y está pensada para atacar trincheras e infraestructuras a poca profundidad, como las grutas donde se esconden los supuestos fundamentalistas del “Estado Islámico”.

El que Trump cuente con armamentos de estas características (más allá del impresionante arsenal convencional y no convencional que detenta) es más que preocupante para la la paz del mundo (desde ya bastante deteriorada, por cierto); sobre todo teniendo presente las veleidades imperialistas y hegemónicas del primer mandatario de la primera potencia del planeta.

Hay que tener en cuenta, en principio, su discurso de asunción en enero de este año, cuando dijo: “Nosotros, los ciudadanos de Estados Unidos, determinaremos el rumbo de Estados Unidos y de todo el mundo, durante muchos, muchos años por venir”. Aquí hay que resaltar estas últimas palabras “… y de todo el mundo, durante muchos, muchos años por venir”. Y ese todo el mundo (aparte de Corea del Norte, por supuesto) también comprende a América Latina, durante años considerada “el patio trasero de los Estados Unidos”; algo que, por lo visto, podrá ser rescatado por estos días que se viven.

Sobre todo ante la conflictiva situación que está viviendo la República Bolivariana de Venezuela, con violentas manifestaciones de la oposición que son duramente reprimida por las fuerzas gubernamentales; una cuestión que le viene como anillo al dedo a la administración Trump, con la siempre excusa de que en ese país del norte de Sudamérica se violan los derechos humanos.

Y aunque así lo sea, está claro que una intervención estadounidense, cualquiera que ésta sea, no será la mejor solución para el pueblo venezolano (sea chavista o antichavista) ni para el de América Latina toda; porque, entre otras cosas, se corre el riesgo de ampliar el conflicto a toda la región.

La historia, y los “caprichos” (¿caprichos? de Trump y del establishment norteamericano tendrán la palabra definitiva, aunque esta venga en la forma de la bomba “madre de todas las bombas”.



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