Domingo 25 de Febrero del 2018

“Reforma política”, y lo que se viene

Polo Márquez

Polo Márquez

El presidente Mauricio Macri despuntó la semana con el anuncio de una reforma política en la administración nacional. Entre otras cosas, dispuso la cesantía de centenares de cargos políticos que él mismo había nombrado a partir de que asumió la primera magistratura del Estado. También estableció que no podrán permanecer en sus puestos los parientes cercanos de los ministros de su Gabinete.

Todo se dio después de que estallara el escándalo del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, quien tenía en casa de su familia a una empleada a la que había conchabado en la intervención del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos; además de tener a varios familiares trabajando en el Gobierno Nacional.

A todas luces, la famosa y pregonada reforma política de Macri no es otra cosa que “fulbito para la tribuna”. En realidad, lo que hizo el jefe de Gobierno fue desandar el camino que había iniciado desde el comienzo de su gestión con el nombramiento de una catarata de funcionarios gubernamentales. Y eso, ahora, es presentado como una revolucionaria reforma política.

En cuanto a lo de los familiares de los funcionarios que deberán dejar de prestar servicio en el Gobierno es, cuanto menos, discutible, toda vez que no habría razón para no permitir que un agente del Estado pueda ejercer sus funciones simplemente por tener otro familiar en la administración; más si es competente en el cargo y no fue contratado por mero acomodo y nepotismo.

Pero hay más: lo que la administración de Cambiemos hizo con esta reforma política es curarse en salud; tal vez anticipándose a una eventual ola de despidos en la función pública con el fin de finiquitar la tarea ya emprendida de achicar el Estado, algo que para la gestión Macri es más que fundamenta, toda vez que el Estado para los hombres y mujeres del PRO, fundamentalmente, empapados de la ideología neoliberal, es mala palabra y, cuanto más chico, mejor.

En razón de esto, Macri y su gente estarían “predicando con el ejemplo”, con vistas a una campaña de despidos masivos en la administración pública; la que, ellos consideran, está plagada de empleados kirchneristas que entorpecen la gestión de Cambiemos en todos los órdenes del gobierno.

En esto se enmarca también la embestida judicial contra los gremios, tanto en el ámbito del Estado como en el de la actividad privada. Es que, para cumplir el mandato del Fondo Monetario Internacional y atraer a los inversores privados internacionales se hace necesario, en la lógica del macrismo y de los organismos de crédito multinacionales, un Estado reducido al mínimo y una legislación laboral más flexible; toda vez que el costo del trabajo argentino, producto de años de conquistas obreras, traba, a juicio del  neoliberalismo imperante, la llegada de los grandes capitales que vendrían a “engrandecer la Nación” y, producto del sempiterno “derrame”, desparramar la bonanza entre los trabajadores de nuestro país.

De esto algo se vio durante la gestión menemista, ese globo de ensayo del capitalismo salvaje mundial que terminó, administración De la Rúa mediante, en el descalabro de 2001, con corralito, saqueos, estado de sitio, default y muertos en las calles. Algo así como volver a aquellos años tenebrosos en lo referente a lo económico y social.

En fin, la “reforma política” de Macri vendría a ser el preludio de lo que se podría avecinar en el futuro inmediato de la Argentina. Claro que bajo la consigna: “nosotros achicamos primero sacrificando a nuestra propia tropa… ahora, agárrense los demás”.



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